Hablar de innovación en América Latina es, en muchos sentidos, hablar de desarrollo económico. Durante décadas, la región ha enfrentado el desafío de crecer de forma sostenida dentro de un sistema internacional que no siempre favorece a las economías basadas en materias primas. Uno de los economistas que explicó esta dinámica con mayor claridad fue Raúl Prebisch, quien planteó la teoría de los términos de intercambio. Según esta idea, los países que exportan principalmente materias primas tienden a recibir cada vez menos valor relativo en el comercio internacional frente a aquellos que producen bienes industriales y tecnología. 

Este diagnóstico sigue siendo relevante hoy. Gran parte de las economías latinoamericanas continúa dependiendo de recursos naturales mientras importa tecnología, maquinaria y conocimiento. En este contexto, la innovación se vuelve fundamental para cambiar esa realidad. No se trata únicamente de crear nuevas tecnologías, sino de desarrollar capacidades productivas y científicas que permitan a la región generar mayor valor agregado. 

La historia económica muestra que este tipo de transformación es posible. Los llamados Cuatro Tigres Asiáticos Corea del Sur, Taiwán, Singapur y Hong Kong lograron en pocas décadas pasar de economías con ingresos relativamente bajos a potencias industriales y tecnológicas. Lo hicieron apostando por la educación, la industrialización y la inversión en ciencia y tecnología. 

América Latina enfrenta varios obstáculos para avanzar en esa dirección

La inestabilidad institucional, los cambios frecuentes en políticas económicas y la falta de continuidad en estrategias de largo plazo dificultan la inversión en innovación. A esto se suma un desafío clave: el capital humano. Aunque ha habido avances en educación básica, el número de profesionales con formación científica y tecnológica sigue siendo limitado. 

En Centroamérica, estos retos se intensifican debido al tamaño reducido de las economías, menores niveles de inversión en investigación y desarrollo, y las brechas sociales que aún persisten. La pobreza y el acceso desigual a educación de calidad limitan las oportunidades para desarrollar una economía basada en conocimiento. 

Aun así, comienzan a surgir iniciativas que buscan fortalecer el ecosistema de innovación.

Un ejemplo es Progreso X, la plataforma de innovación abierta de Progreso, que conecta startups de distintas partes del mundo con las unidades de negocio de la empresa para explorar nuevas soluciones tecnológicas y modelos de negocio. De manera complementaria, Px Ventures se ha posicionado como uno de los primeros fondos de Corporate Venture Capital (CVC) en Centroamérica, invirtiendo en startups con potencial estratégico y contribuyendo al desarrollo del ecosistema emprendedor de la región. 

Estas iniciativas reflejan una tendencia importante: la innovación en América Latina probablemente surgirá de la colaboración entre empresas, startups, universidades, inversionistas y entidades públicas. En ese sentido, el planteamiento de Prebisch sigue teniendo vigencia: las economías que generan conocimiento y tecnología capturan mayor valor en la economía global. 

El reto para la región es transformar esa comprensión en una estrategia sostenida que fortalezca la educación, fomente la inversión en innovación y cree condiciones estables para el desarrollo tecnológico. Solo así América Latina podrá avanzar hacia un modelo de crecimiento más competitivo y sostenible. 

 

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